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Lo peor, no fue la boda en sí. Lo peor fue tener que pasarme la tarde bailando con mis sobrinas las canciones más horteras de los últimos años, para no tener que bailarlas con alguna de aquellas petardas que mi madre se empeñaba en presentarme acompañadas de sus comentarios “Ana, trabaja en una gestoría”, “Silvia, que chica más mona”, “Elena, estudió con tu cuñada en la universidad”, “Fátima, su padre es muy amigo del tío Luis” , “Alicia, se acaba de comprar un piso en el centro”. Lo peor fue tener que aguantar a las lagartas que se creían que el hermano del novio tenía que ser, a la fuerza, un buen partido. Lo peor fue tener que salir de fiesta con un grupo de insustanciales borrachos que se creían muy importantes porque iban a trabajar vestidos de traje y corbata y unas pedorras descerebradas que se las daban de feministas y estaban más ansiosas por encontrar marido que cualquier damisela del XVIII que se acercase peligrosamente a la treintena.
Si el día había sido un castigo, la noche amenazaba con ser aún peor. Y si no, no había más que ver la clase de bares a la que pensaban ir, y la clase de gente que los frecuentaban.
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