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Sólo cuando me acordaba de mi hermana me asaltaba una ligera inquietud, un temor turbio y lejano; y entonces temía los atardeceres y aquellos extraños recuerdos que me rondaban. Así fue hasta ayer. De niño me acosaban sonidos y olores surgidos de la nada, o quizás de mi fantasía o de la imaginación de mi hermana. Yo pensaba hasta ayer que eran mentidas referencias, alucinaciones infantiles, arrastradas pesadillas, ahora creo que todo ha sido algo que se abrió hace bastantes años y se cerró ayer, para asombro de mi imaginación y de mi propio sueño.
Todo comenzó cuando yo tenía los oídos y la nariz inocentes, en los días en que no tenía prisa ni había que ser exacto. Mis años podían contarse con los dedos.
Vivíamos en aquella casona antigua y espaciosa: una sala, un recibidor, tres dormitorios grandes, un patio lateral al que daban ventanas de los dormitorios y al fondo el comedor; en su alto el cuartico que abuelo le había construido a mi hermana, y después la cocina, los dos baños, el oscuro cuarto de desahogo y el traspatio.
Allí crecían limoneros, mangos. La tierra y las paredes tenían manchas de moho. Y sobre el verdinoso y agrietado muro se posaban palomas y trepaba aquella enredadera sin hojas ni flores, seca.
Allí todo era mitad sueño y la mitad verdad. Nada estaba en su sitio y era grande lo que ahora me parece pequeño y el viento era misterioso. No teníamos entero nuestro pan y los días eran largos y sin canciones, pero estaban las trenzas de mi hermana, sus fosforescentes ojos y su sonrisa, que eran un estallido de frescura. Era la edad redonda del limón, de comerse los domingos bajo las matas del traspatio y de sentirse triste cuando nuestros padres no llegaban, y no podían llegar, y entonces la tarde tenia un lento derretirse...
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