|
-¡No aguanto que seas feliz!- dijo él levantándose de su mesa y saliendo del despacho cuando ella colgó el teléfono.
-¿Por qué dices eso? –le contestó ella casi llorando- Era un cliente que me estaba gastando bromas, no es que quisiera reír, perdona.
¿Pero, qué estoy diciendo? -se preguntó ella cuando él se marchó.- ¿Le estoy pidiendo perdón por ser feliz?
Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos; ya hacía tiempo que se sentía así. Desde unos meses atrás pasaba las noches en vela, estremeciéndose al pensar que mañana habría de volver a verlo. No sabía qué había ocurrido, ni cuándo; pero, de repente, ya no era ella; era lo que él quería ver. No cesaba de pensar soluciones, pero no encontraba ninguna. Lo único que sabía es que tenía que escapar de allí.
|