|
Eran las siete de la mañana y como siempre Ildebranda ya estaba en su establecimiento, haciendo mil cosas, como todos los días: con una mano encendía las computadoras de su pequeño ciber, con la otra pasaba el trapo por los equipos y el mobiliario (tarea inútil porque el polvo parecía multiplicarse) su mirada se concentraba en el noticiero matutino, los oídos en la radio local y su pensamiento en el hogar, el hijo adolescente que una vez se había marchado sin tender la cama, el esposo que la tarde anterior le compró su revista de espectáculos favorita y ella no recordaba haberle agradecido. ¿Qué día era? ¿le tocaba ir a la niña de la limpieza? ojala que no, pues se había olvidado de dejarle un recado indicándole que cambiara cortinas y limpiara el refrigerador...
De pronto apareció una mujer más o menos de su edad, le pareció conocida, pero no estaba segura, de pronto sin más, la inesperada visita después de saludar, la llamó por su nombre y le propinó un sonoro beso en la mejilla; entonces lo supo, era Lupe, su compañera de escuela, habían cursado juntas la secundaria pero no habían sido amigas, no iban a las mismas fiestas y no tuvieron las mismas amistades, cuando se graduaron se vieron en la calle dos o tres veces, alguna de ellas se saludaron ¿a qué podría haber ido? ¿qué estaba haciendo tan temprano e impecablemente vestida? no podría ser una visita amistosa o de cortesía.
- Ilde, en cuanto supe que tenías un establecimiento por acá decidí venir a saludarte, hace tiempo que tenía ganas de verte ¿como has estado? ¿te acuerdas de nuestros tiempos de la secundaria? que época aquella ¿verdad? ¿supiste que Andrés se casó y tiene tres hijos? también Toño, Olivia fue la que se aventó, oye, a los 17 ya tenía una criatura....
Entonces la comerciante pensó, mientras escuchaba lo que había sido la vida de todos sus compañeros “ya sé a lo que viene, seguramente organizarán una reunión de generación y viene a invitarme, a ver como me zafo y si van a ir los que fueron maestros con más razón”... pero:
“Ah ¿y supiste que la maestra Lolita falleció de cáncer en el seno ¿lamentable no? es una pena, por eso hay que cuidarnos, y más las que tenemos hijos, cada año debemos hacernos el papanicolau, el examen de mamas, medirnos la glucosa, cuidar el peso y la alimentación, cuando una pasa de los treinta como tu y como yo no se puede una dar el lujo de ser irresponsable, cuidar la salud es un derecho y una obligación, debemos estar bien para nuestros hijos, para los que nos estiman, para no sufrir una muerte prematura porque uno se va, pero se quedan los...”
“Ya caigo” - volvió a pensar Ilde, tal vez Lupe pertenecía a las voluntarias que había contratado la secretaría de salud para promover sus servicios y concientizar a la población, seguro que lo que seguía era invitarla a acudir a la institución pública más cercana a hacerse los exámenes de rutina; se disponía a decirle que tenía su cartilla de la mujer en orden cuando...
“Es lo que te digo, está como lo de Nora, que pobrecita, cayó en una terrible depresión con la muerte de su esposo, y es comprensible, pero eso, perdóname que te lo diga, eso, es falta de Dios, cuando lo tienes a El en tu corazón no hace falta nada, el es bueno y siempre está ahí viendo lo que haces, dispuesto a perdonarte si te arrepientes, ahora que se ven tantos conflictos en el mundo, la juventud tan desorientada, los matrimonios que se desbaratan, etcétera, tenemos que agarrarnos de Jesús, sin el no se vive, yo tengo los problemas cotidianos de toda mujer casada y con dos hijos pero...
Eso debía ser ¿como es que no lo había pensando antes? la visita de Lupe obedecía a que se había convertido al cristianismo y venía a intentar convencerla a ella, en cuanto cerrara la boca le haría saber que no tenía religión, pero...
“Aunque claro que el dice ayúdate que yo te ayudaré, por eso hay que hacer algo por nosotros mismos, yo por ejemplo hago todos los días 4 horas de ejercicio y llevo una dieta balanceada además de...bueno te voy a hacer una confesión ¿te acuerdas que yo de chica era gordita? pues le hice mucho daño
|