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Siempre que decíamos de ir a cenar, siempre me parecía buena idea.
Sabía que estando con él, se me pasarían las horas volando y que siempre tendríamos una cosa u otra que explicarnos.
Yo no solía hablar mucho ya que yo soy una persona muy tímida y reservada, no por falta de confianza, si no mas bien por no querer aburrir.
Los platos, las copas de vino, las conversaciones, las miradas, las palabras, todo pasaba...
Yo me sentía cada vez más y más a gusto y sabía que el también lo estaba. Estaba tan y tan bien que la situación llegaba a incomodarme...
Llego la hora del postre, no sabia si pedir algo para así alargar la cena o por lo contrario ir directamente a por el café y alargar la noche tomando una copa en otro sitio...
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