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En casa, tengo más de seis meses encerrado, nada más "pegado" al monitor de mi computadora y escuchando música, todos los días son igual, levantarme, bañarme, sentarme frente a la computadora, encenderla, buscar página tras página, leer, chatear con conocidos dentro de la red, se llegan las once de la mañana, voy a levantar a mi padre que se encuentra en su cama incapacitado para vestirse o bañarse por sí solo; lo baño, lo visto, le pongo sus zapatos, lo ayudo a trasladarse a su silla de ruedas; lo llevo a la cocina, se lava las manos; le hago el desayuno, almorzamos; lo dejo bajo los rayos del sol; ya arriba de la silla sí se moviliza de un lado a otro; así que se está un rato asoleándose y otro rato en la sombra.
Esta situación se está tornando algo tediosa, aburrida, por ese motivo, le he pedido a mi hermana mayor que se haga cargo de la situación porque voy a salir a dar una vuelta por unos dos días, voy a ir a mi pueblo. Ella accede y se queda en casa.
Preparo mi maleta y me voy con rumbo a la Central Camionera, donde tomo un autobús con rumbo a mi pueblo, allá donde nací.
Llegó el autobús después de dos horas de viaje por una carretera solitaria, sin mucho tráfico, pues es un pueblo con pocos habitantes, muy contados automóviles.
Me bajo del camión y voy en busca de un tío que vive en las afueras del pueblo. Lo saludo y platicamos de todo un poco. Luego le digo que voy a caminar un rato por el pueblo y que regreso más tarde. Después de colocar mi maleta de viaje en un cuarto que me asignaron mi tíos, salí a la calle.
Una calle polvorienta, sin empedrado ni pavimento, mucha tierra, seca, fría, como el clima mismo, helado. Como la casa se encuentra a las orillas del poblado, muy pronto llegué a unas tierras sembradas de alfalfa.
Vi a una persona que cortaba y cortaba puños y puños de alfalfa. Lo saludé y me contestó el saludo. Me preguntó que adónde caminaba y le dije que sin rumbo fijo, que sólo lo hacía por hacer ejercicio. Entablamos una plática amena y me contó que él tenía muchos años haciendo lo mismo. Era el cortador de la alfalfa más viejo del poblado.
Me narró varios cuentos de príncipes y princesas, muy hermosos por cierto. El que más me llamó la atención fue aquella parte de un cuento donde la princesa se escapaba de su recámara para ver a su novio que también era príncipe. Y para que la mamá ni nadie descubrieran que había salido, dejaba una saliva mágica cercas de la puerta y cada vez que le preguntaban: "Allí está princesa, se le ofrece algo? La saliva respondía: "Sí, aquí estoy, no, gracias".
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