|
El verano pasado visité China y allí conocí a una china muy simpática. Me enseñó todos los rincones de Pekín, sus gentes, su esquisita comida, en fin, todas las cosas que pueden llamarnos la atención sobre oriente. La verdad es llegué a sentirme muy identificada por esa cultura, una cultura llena de encanto.
Finalmente, llegó el día de volver a casa y, a pesar de haber compartido cosas con Kimura cinco únicos días, sentía una profunda tristeza en mi interior. Prometimos enviarnos cartas, hablar cada semana y visitarnos a menudo.
Mientras esperaba mi avión en el aeropuerto, sentada junto a ella y aprentado con fuerza su mano vi a una niña que estaba jugando con unas muñecas. A una de ellas se le había roto su cabeza al caer al suelo y la niña no paraba de llorar, era un sentimiento tan profundo que sus lágrimas formaron un pequeño charco en el suelo. Su madre la miraba con ternura mientras le explicaba que eso no era ningún problema porque podía colocarle la cabeza de otra muñeca y cambiarla cada día y así, tendría varias muñecas para jugar con ellas en cada momento. A veces era rubia y a veces morena. La niña, a pesar de no estar muy convencida de la idea que su madre le proponía, alzó la mirada y le dedicó una sonrisa.
En aquel momento tuve una idea, sabía que encontraría alguna forma en la que Kimura y yo estaríamos unidas. Le propuse cambiarnos las cabezas para no tener la sensación de que estamos tan distantes. Al principio me miro y me dijo si estaba loca pero yo, aplicando mis dotes argumentativas logué convencerla. Al día siguiente desperté en mi casa con mi cuerpo pero con la cabeza de Kimura, una sensación rara pero descubriendo todos los pensamientos que alberga la mujer que me enseñó a descubrir la cultura china.
|