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Título: Un amor familiar
Estilo: Humor
 
 
Introducción
 

Autor: hamlet


A pesar de las cachetadas que su madre le daba, él la seguía mirando. Ese rostro pueril, de cabellos crespos, ojos que decían algo que él sólo interpretaba. Ese rostro que también ha recibido golpes, ahora bota unas lágrimas que hacen que el maquillaje se derrita por las mejillas. Mientras se desnudaban rápidamente, no podían evitar el miedo que en sus cuerpos estaban administrados. Esos gritos de placer que ella daba, hacían que todos interrumpieran lo que hacían, para ir tras ellos. Una prenda por aquí, otra por acá, todo estaba despilfarrado por los suelos. Un cucharón voló por encima de la cabeza de Rosa, ésta se agachó velozmente y pudo evitarlo, pero cuando se agachó, las manos de la madre de Iván, atraparon intempestivamente esos cabellos duros para jalarlos con mucha fuerza y odio.

No han podido olvidar esos días de persecuciones, en los cuales ellos eran los conejos que evitaban ser cogidos por los lobos. Sudores, suspiros, placer, recuerdos, amor, alegría, todo sentían cuando hacían el acto que origina todo. No pudo apartar a su madre, para que ayudara a Rosa salir de los golpes que su hermana le daba a ésta. Escucharon unas voces atrás de la puerta y pararon su acto que los tenía por quince minutos abrazados. En un jardín con mariposas que revoloteaban por los aires; con palomas que se perseguían unas a otras; nubes con figuras surrealistas; rayos luminosos que se desprendían por los montes; todo una naturaleza en donde ellos eran los dueños. Gritaba, lloraba, sufría por los golpes que ahora le daba doña Eugenia. Tocaron la puerta y cesaron los gemidos.

Él la conoció cuando su madre la trajo para que se encargara de la limpieza y del cuidado del niño de Rosvelt, el hermano mayor de Iván. La sacaron raudamente semidesnuda a golpes del cuarto del niño. Iván con su sexo al aire se quedó estupefacto al ver que su madre, su hermana, su padre y su hermano estaban en el umbral de la puerta, todos con gesto adusto. Y cómo te llamas, le preguntó Iván cuando la vio acomodando con mucho cuidado las prendas de Alejandrito. Rosa, dijo ella con una mueca coqueta. Con griteríos, mentadas, carajeadas la dirigieron hacia la cocina, no sin antes tapándola con una toalla. Iván nunca había visto a una sirvienta tan bien despachada. Se la quedó mirando largo rato y más cuando ella hacia caer a propósito unas ropas para que se agachara en recogerlo en ángulo de noventa grados. Qué miras, le dijo ella, y él respondió que a su sobrino con los ojos con dirección hacia arriba y el rostro rojo. Eres una perra le dijo el señor Felipe, muy furioso al ver que su hijo y su empleada acababan de copular, pero muy interiormente sintió una alegría al darse cuenta que su menor hijo, el tímido, el calladito, el intelectual, pudiera tener su enamorada, y más si estaban en pleno acto sexual.

Mientras se dan ósculos largos, en sus cuerpos renacen las sensaciones de esos días. Lamentablemente tienen que contenerse y evitar ir al cuarto, ya que Ivancito está delante de ellos, jugando con una pelota que su abuela le regaló. Te vas de aquí, maldita víbora, corrumpidora de niños, cholita de porquería, qué te habrás creído. Y tú huevonazo, acaso no tienes mejores amigas que ésta, le decía Rosvelt con un tono de hermano preocupado por el hermano menor. Por favor paren, suplicaba Rosa con el rostro raspado por las uñas de la hermana y la madre. Déjenla, no ven que está por caerse de tanto golpe que le dan, decía Iván muy doliente y con lágrimas en los ojos que finiquitaban su viaje por los suelos.

Ha pasado más de un año, y la familia Del Carpio ha sabido comprender con estoicismo la decisión de su menor hijo, el que era el futuro de esta familia golpeada por el terrorismo. Pero qué hace joven, le preguntó Rosa. Pues besándote, me gustas mucho Rosita, sé que soy un niño para ti, pero juro que te quiero, podemos irnos de esta casa si quieres, tengo dinero bastante para los dos, respondía Iván. Qué cosas dice niño, no ve que soy mayor para usted, su familia no aceptará que el futuro de la familia se manche con una cajamarquina, le decía Rosa. Al carajo con ellos, sólo me importas tú y nadie más, decía Iván ahora con unas cuantas lágrimas en los ojos. OK niño, pero ahora deje de llorar y béseme, le invitaba Rosa al futuro que cayó en el presente. Ahora ustedes se van de esta casa, y no los quiero volver a ver. Qué dirán en la calle, qué vergüenza. Yo, yo que me he ganado la reputación para que ustedes tengan facilidades y miren. Iván Del Carpio con la empleada, qué tontería, gritaba con más fuerza cada vez que hablaba, la señora Eugenia.

Al ver que Ivancito caía torpemente, y que corriendo Rosa iba en su ayuda, Iván pude ver y pensar en el primer día en que Rosa y él, se besaron. Con una risa en el rostro Iván veía el trasero de Rosa, ya que ésta estaba agachada nuevamente en noventa grados, pero esta vez recogiendo a su hijo.

 
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