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Caminó despacio dejando que las gotas de rocío humedecieran sus pies descalzos, disfrutando del fresco de la madrugada, absorta... Siguió el sendero que se dibujaba en el césped, entre plantas y flores, indiferente a la belleza del jardín, se alejó de la casa hacia el lago que aún no se divisaba en la espesa niebla.
Siguió su marcha tratando de divisar el pequeño muelle, desorientado, recorrió casi en semicírculos el trayecto hacia la orilla del lago gris y amenazante. Escuchó los perros pero no apuró el paso, aún estarían lejos, alcanzó el final del sendero donde el jardín se confundía con las malezas de la orilla del lago, sin cerca, sin frontera, como si no hubiera nada que impidiera la salida ni el acceso a la casa.
Pero era ilusorio, los perros habían olfateado su rastro, se acercaban conducidos por Ramón. Sin demasiado apuro. No huiría. Como siempre, no llegaría al borde del agua, detendría su marcha ante la gris oscuridad del lago...
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