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José Refugio Trujillo Contreras (q.e.d) es el nombre que en vida llevó este ser humano. Era una persona que se dedicó a estudiar, a prepararse, recibió un Diploma por los estudios terminados satisfactoriamente de Medicina Homeopática Hahnemanniana. Con fundamento en estos conocimientos se dedicó durante muchos años a curar a sus pacientes, o a mitigar sus dolencias. No tenía enemigos, sólo gente agradecida, por sus atinadas recetas. El mismo estuvo automedicándose y luchando contra una enfermedad que sufrió en carne propia: Artritis. Logró curarse a sí mismo, valga la redundancia. Dejó sus conocimientos con personas que a su vez se curaron y que se han guardado el secreto para sus demás familiares.
En mi departamento tenía un escritorio de servicio público y hasta mí llegaron un día Francisco Venegas Trujillo y Susana Trujillo Vera, ésta última hija de mi hermano, de quien me llevaban la fatal noticia: José Refugio Trujillo Contreras había sido vilmente asesinado, de manera cobarde. Que su cadáver había aparecido abandonado en un lote baldío por la Calzada Lázaro Cárdenas, en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, México. Con golpes contusos, apuñaladas, piquetes de arma punzocortante, en sus rodillas había rastros de haber estado hincado durante mucho tiempo. Tenía la cabeza cubierta con una bolsa de plástico negra. Que los asesinos huyeron cobardemente del lugar de los hechos, dejando abandonado al ahora occiso. ¡Perdónalos, Señor, que no subieron lo que hicieron! O ¡Castígalos, si es Tu voluntad! Todos sus familiares ses reunieron inmediatamente, pidiendo a las autoridades justicia, que no quedara impune este crimen. Sin embargo, se sospecha que fueron los judiciales mismos quienes le dieron muerte, habiéndolo confundido con otra persona, a quien trataban de sacarle información que nunca les dio, pues no la tenía. ¿Cómo, si no era el que buscaban? Pero qué se puede hacer. Tenemos gente trabajando para proteger y velar por los intereses de las instituciones, pero ineptas, poco capacitadas, ineficientes. Han pasado los años y de este crimen no se ha sabido nada. Si apresaron a los criminales. Si ya fueron castigados o sentenciados. Nada se sabe.
Los periódicos publicaron la noticia. La televisión también lo sacó a la luz pública. Todo mundo se dio cuenta del vil y cobarde asesinato. Pero nadie se atreve a dar información, aunque la supiera, por temor a represalias posteriores.
De todo esto se infiere que existe una mafia dentro de las corporaciones policíacas que controlan a los mismos y explotan y masacran al pueblo impunemente. Pero solamente Dios sabe la manera de castigar a estos malandrines, malhechores, criminales, asesinos, violadores, estafadores, que valiéndose de su placa de judiciales cometen atropellos, atrocidades, robos y tantas y tantas babosadas.
Sin embargo, "no tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre". Con esto quiero decir que nosotros, el pueblo, elegimos a nuestras autoridades, pero del mismo pueblo surgen estos criminales y los apoyamos, por qué? Porque no tenemos el valor de denunciarlos, nos vale un soberano cacahuate lo que hagan o dejen de hacer. No tenemos el cuidado de elegir a nuestros gobernantes. Nos da igual chencha que Juana. Al final de cuentas nosotros sufrimos las consecuencias de nuestros errores. Luego entonces de qué nos quejamos? A mí sólo me resta decir: Dios, concédeme Serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, Valor para cambiar aquellas que sí puedo y Sabiduría para distinguir la diferencia entre Serenidad y Valor. Hágase, Señor, Tu voluntad y no la mía. Amén.
Ante la sociedad, este crimen quedó impune, al igual que muchos miles y miles de delitos que quedan sin castigo alguno, pues cómo pues, si las mismas autoridades se tapan con la misma cobija. Son ellos mismos los que hacen y deshacen con el pueblo lo que quieren.
La Iglesia no se cansa nunca de llamar a la concordia, al buen camino, a la solidaridad con nuestros hermanos caídos en desgracia, a la honradez, a la paz, a la integridad, a respetar los derechos de los ciudadanos, los derechos humanos, pero nada se gana, tal parece que predica en el desierto.
Se conoce a todos los involucrados dentro de la mafia gubernamental, pero nada se puede hacer, por la misma razón que aquí se expresa, qué te ganas de acudir a una autoridad para acusar a otra, si ésta da protección a aquella.
Si el pueblo se levantara en armas, pasaría lo mismo; muchas muertes y al final se iniciaría de nueva cuenta otro ciclo de violaciones, asesinatos, crímenes, robos, asaltos a mano armada, todo bajo la complacencia, protección, vigilancia, supervisión del gobierno que se encuentra involucrado.
Es por demás que el pueblo se queje, no se hace nada. Si yo me animara aplicaba aquella ley tan antigua que dice: "Diente por diente, ojo por ojo".
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