|
No era un día especial. Era como otro cualquiera, con sus más, sus menos, sus problemas y las pocas alegrías. Ya hacía tiempo que tenía los mismos problemas. El principal era la hipoteca. No es que se fuese a hundir el mundo si no la podía pagar, pero no estaba en sus planes.
El calor era lo peor. Si por lo menos pudiese dormir bien, descansaría, incluso, de la hipoteca. Pero con aquel calor no había forma de echar ni siquiera una cabezadita.
Para terminar de hacer un fastidio el día, había llovido lo justo para mojar la calle y tapar el cielo. Era como una gamba al vapor. No sólo no dejaba de hacer calor si no que no parecía que fuese a refrescar en breve.
Tomo la rápida decisión de salir a dar un paseo. Total, para no dormir mejor estar en la calle. Se cambió de ropa para ponerse lo más fresca posible y salió de casa.
Ya en la calle las gotas de sudor bajaban en fila por su espalda y entre sus pechos. Era un sudor lento pero constante. Menudo día y menuda hora: todo cerrado. Ni un triste bar donde tomar algo fresco. Si la montaña no iba, Mahoma iría. Y fue a la parada de taxis más cercana para llegar lo antes posible a la cima de la montaña. Quizás allí podría encontrar una brisa fresca.
Diez minutos bajo la farola y ni un coche. Los mosquitos llenándose el estómago a su costa y ni un solo coche. Si no había más remedio habría que andar. Se puso en marcha y después de tres farolas mosquiteras, un autobús la pasó por su lado. La parada estaba bastante lejos, pero pensó que si corría podría cogerlo. Estuvo corriendo con el corazón en la boca. El autobús ya estaba en la parada. Una señora mayor estaba bajando. Tenía que darse prisa. La anciana estaba poniendo el segundo pie en la calle. Aceleró aún más y pasó por delante de la señora cuando el motor del autobús empezaba a acelerar de nuevo. Llegó a la puerta del autobús ya en marcha y golpeó la puerta varias veces con los nudillos. El conductor freno, pero ella, al intentar parar, resbaló y...
|