|
Le sorprendió ver que la chica podía cargarse a su compañero a la espalda como si no pesase nada. Sólo entonces se fijó en sus músculos, que parecían esculpidos en sus brazos y se adivinaban también bajo la camiseta. Se agarró a ella cuando se lo indicó y rápidamente notó otra vez aquella sensación, la sacudida, el perder pie, el tirón… Cuando logró controlar a su estómago y abrir los ojos se encontraban en un lugar que no se parecía en nada al sitio que habían dejado atrás, y tampoco a ningún lugar que hubiera visto, en realidad. Hasta donde alcanzaba su vista, solamente se veía una llanura desnuda, tal vez de arena blanca, que brillaba bajo la fría luz de la Luna, o, mejor dicho, de las Lunas, pues había tres: una en menguante, otra en creciente, y la del centro llena. Sin embargo, debía estas casi amaneciendo, pues se advertía también un rosado resplandor en el horizonte.
-¿Dónde estamos?- masculló mientras seguía a la joven
-En Verus- replicó ella, sin frenarse, dirigiéndose con decisión hacia una colina
Donne la siguió casi corriendo: aquella chica estaba en mejor forma física que algunos de sus compañeros deportistas. Cuando llegaron a lo alto de la colina, él jadeante y ella fresca como una lechuga, pudo ver una ciudad. La verdad es que era realmente bella, a su manera: no era ningún experto, pero se dio cuenta de que allí se daban cita tantos estilos arquitectónicos que parecía como si alguien hubiese mezclado todas las épocas de la Tierra- porque estaba claro que aquello no era la Tierra- y las hubiese metido allí.
Miró a la mujer. Sus ojos parecían haberse llenado de lágrimas mientras contemplaba la ciudad.
-La bella Arghella- murmuró como para sí-. Tanto tiempo…
-¿Cómo dices que se llama?-inquirió Donne
-Arghella
-Arghella- repitió él. Sintió un cosquilleo a lo largo de la columna al pronunciar el nombre. Tal vez aquel se convirtiera en su hogar.
-Aquí vivimos los pocos que hemos conseguido huir de la Dama Destrucción
-¿La Dama Destrucción?
-Te lo explicaré allí- dijo bruscamente la chica-. Cuando Neo se recupere. ¡Vamos!- echó a correr.
Donne la siguió. A medida que iba corriendo, se olvidó de todo, dejó de ser consciente de lo que lo rodeaba. Solamente sentía los alocados latidos de su corazón en sus oídos, la sangre recorriendo sus venas con fuerza, su respiración acelerada… De pronto, notó que perdía pie. Quiso gritar, pero su garganta no emitió ningún sonido. Creyó oír su nombre, pero era demasiado tarde…
Abrió los ojos, aturdido. A su alrededor había un montón de maderas y varias frutas y verduras. Una pequeña multitud se había congregado en torno a él y el destruido puesto de verduras.
-¡Donne!- la chica se abrió paso a codazos. Ya no llevaba a Neo a la espalda.
-¿Qué… ha pasado?-farfulló él
-Te has transportado, e imagino que es la primera vez que lo haces tú solo- respondió ella. Lo ayudó a levantarse, y él se percató de lo bien que olía su pelo… Fue lo último que percibió antes de caer en la oscuridad.
* * *
-Ha sido demasiado para él- oyó que decía una voz-. Me temo que habéis sido muy severa con Donne, Hitomi
-¿Severa? Ha sido él quien se ha transportado solo, y yo no he tenido nada que ver- protestó otra voz, una que a estas alturas estaba seguro de conocer. ¿Tardará en recuperarse?
-Ya estoy recuperado- anunció Donne, incorporándose de golpe en la cama.
La chica-ahora sabía su nombre: Hitomi- estaba allí, junto a una mujer que parecía enfermera. Se había cambiado de ropa y vestía una sencilla túnica por encima de otros pantalones. Ya no llevaba la espada y su pelo estaba recogido en un moño del que se escapaban algunos mechones rebeldes.
-Quedaos en cama, Donne- ordenó la enfermera-. Voy a buscar ropa para vos.
Donne se dio cuenta entonces de que estaba vestido con una especie de camisón y enrojeció, preguntándose quién le habría quitado la ropa.
-Espero que no estés muy mareado, Donne. La primera vez que yo me transporté sola pasé casi dos días en cama, medio muerta- dijo ella alegremente.
-No, estoy bien. ¿Cuánto tiempo he pasado inconsciente?
-Diez horas. De hecho ya es casi mediodía. Cuando llegamos aquí estaba amaneciendo.
En ese momento entró la enfermera con un bulto en brazos. Eran ropas muy parecidas a las que llevaba Hitomi, aunque de distinto color. Donne se levantó y se dispuso a cambiarse, pero ambas mujeres seguían allí. Enarcó las cejas. ¿Acaso iban a quedarse mirando? Miró a Hitomi, ella comprendió y, arrastrando a la enfermera, salió, dejándolo allí solo.
* * *
-Bien, ¿te apetece ir a comer?- inquirió Hitomi cuando Donne salió de allí, sintiéndose ridículo con aquellas ropas.
-¿Cómo está Neo?- preguntó mientras seguía a Hitomi fuera del edificio. No parecía tanto un hospital como un templo, se dijo al verlo desde la calle.
-Sigue inconsciente y tiene fiebre muy alta.
Donne se detuvo en seco.
-¿Se le habrá infectado la herida de bala?
-No lo sé, pero huele muy raro, y una de sus manos está casi negra. Los sanadores ya no saben qué hacer.
-Oh, Dios- masculló él, dando media vuelta.
-¡Donne! ¿Adónde vas?
-¡Hay que amputarle la mano! Se está gangrenando ¿Cuál es su habitación?
Hitomi lo condujo hasta allí. A decir verdad, Neo tenía un aspecto muy lastimoso. A su lado, un hombre vestido con una larga túnica negra masculló una débil protesta cuando Donne lo apartó a un lado y descubrió la mano derecha de Neo, la mano de la espada. Estaba completamente negra.
-¿Qué medicamentos le habéis dado?
-Los que la dama Hitomi nos ha dado.
-Vale- respiró profundamente-. Hay que cortarle la mano si queremos salvarlo.
-Pero, ¿qué decís?- se horrorizó el sanador- Es la mano de la espada.
-¿Y qué es más importante? ¿Su mano o su vida? Póngalo en una balanza.
-Estoy seguro de que nuestros rezos…
-¿Rezos? A menos que el que recibe los rezos se decida a enviar un buen cirujano, olvídelo.
-¿Podrás hacerlo tú?- susurró Hitomi
-¿Qué?- Donne se volvió hacia ella-Hitomi, esto requiere gente especializada, material esterilizado, medicamentos... yo ni siquiera estoy estudiando medicina, no puedo hacerlo.
-Por favor… no puedes dejarlo morir
Donne dudó y miró a Neo. La razón le decía que ni lo intentara, que él no sabía cómo hacerlo, pero algo- su instinto tal vez-, le decía que podía hacerlo, que era el único que podía hacerlo.
-No hay garantías de que salga bien- dijo en voz baja, sin apartar la vista del hombre tendido-, y si sale bien se quedará sin esa mano. Para siempre- miró los ojos de Hitomi-¿Estás segura?
Ella asintió, la mandíbula tensa, los ojos brillantes.
- Bien- suspiró Donne-. Sanador, necesitaremos muchas cosas…
|