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Mi nombre es Alfonso Fernandez, y esta es mi historia.
Nací en Ciudad Juarez, México, hace 33 años, en una familia de clase media. Fui el segundo de cuatro hermanos, y tuve una crianza normal, con juegos, escuela primaria, peleas en casa, problemas de estudio en la secundaria y un inicio temprano en el mundo del tequila y el tabaco. Tuve un empleo promedio en una fábrica, aprendí un oficio, y empecé a ganarme la vida a duras penas.
Fue en mi adolescencia que empezó en mi el extraño gusto por las cosas que otros consideraban grotescas o macabras.
Primero tenía la costumbre de recoger los animales que los grandes camiones atropellaban y quedaban tirados a la orilla de la carretera. Si estaban muertos los disecaba. Si aún vivían los cuidaba hasta que sanaban. Así me hice de una colección en casa de mascotas deformes. Un perro sin una pata, otro tuerto y que no caminaba. Un gato sin cola, y hasta un venado ciego.
Entre mis mascotas disecadas habían perros, gatos, aves, serpientes y hasta un mono, el más extraño y más famoso. Mi orgullo.
Mi fama creció en el pueblo, tanto que los vecinos y gente de los alrededores me traían los animales heridos o muertos. Era conocido como el coleccionista de lo bizarro.
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