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La ciudad es un sitio curioso.
Caminas por las calles que aun siguen húmedas por la lluvia de la tarde, y encuentras rostros de todos los tipos. Una señora algo elegante que mira a su alrededor con desprecio, o quizá un pobre señor que trata de vender sus últimos aguacates para tener un poco de dinero que llevar a casa. Niños que te ofrecen sus rosas o ancianos que te observan con súplica al pasar mientras dejan de escarbar en una bolsa de basura.
Un poco más allá hay un puñado de jóvenes que ríen y charlan ignorando del todo lo que pasa a su alrededor, como la gran mayoría de la gente, que solo pasa a tu lado sin mirarte al rostro, porque no les interesa ver tu expresión, porque ya tienen sus propias preocupaciones, también porque ya es tarde y hace frío.
Muchas luces, mucho carro, y miedo de estar muy a altas horas de la noche en esos lugares tan poco confiables. Corrupción, vicios, delincuencia.
Una ciudad triste y fría. Esta es la que estamos acostumbrados a ver. En las mañanas gente que corre hacia sus trabajos, con cara de sueño, con mal humor, mal desayunados o sin desayunar del todo. Todo el día lo pasas en una oficina, y por la noche la ciudad se vuelve a poblar de gente cansada que regresa, o de indigentes, viciosos, y todo lo que al pensar un poco, te llega a doler más en el alma que en el mismo corazón.
Esta es la ciudad que te pintan los ojos a veces, los noticieros, los periódicos y la misma gente... pero olvidamos que detrás de cada uno de esos rostros que ves al pasar, hay un alma, una historia y una vida. Colecciones de lágrimas y sonrisas. Ilusiones y decepciones.
Cada corazón que divaga en la ciudad, bien porque tiene que cruzarla para llegar a cierto lugar, o porque no tiene más adonde ir, cada uno vale la pena y tiene una razón de ser, aunque ellos mismos lo ignoren o lo olviden.
Esta tarde, entre tantas almas en mi camino, tropecé más o menos por casualidad, más o menos porque creo que Dios así lo quiso, con un alma diferente de tantas y tantas que he visto y conocido. Una que aún se atreve a soñar, una que aún sonríe, una que a pesar de que el tiempo le ha jugado malas pasadas, sigue adelante con su vida, porque sabe que hay siempre algo mejor, que puede llegar en el momento que menos esperamos.
Conocí una que sabe el valor de un abrazo, que conoce el poder de una sonrisa, que conserva su fe, que aprecia la ternura de una flor, que te saluda y se despide de ti con cariño, aunque tal vez todo se preste para la indiferencia.
Encontré una persona que, en medio de tanta amargura, te hace recordar que hay cosas bellas, que hay gente buena, que aun brillan las estrellas y que la luna siempre está llena. Que me hace sentir que aún existe la amistad y el cariño puro, que me hace sonreír con tan solo su recuerdo y bajo la protección de un a veces muy olvidado Dios, me demostró el poder del perdón, de la paciencia, de la espera y la sabiduría, y con su ejemplo cotidiano hace sentir que vale la pena vivir, y que todavía podemos querer.
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