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Todo empezó después del accidente.
Recuerdo los encabezados de los periódicos: "Tragedia en olimpiadas de Chile 2032", o "Sangriento final en ciclismo de alta velocidad". Fue el final de mi vida deportiva, y el inicio de un tortuoso proceso de transformación.
Después vino la polémica sobre los riesgos de los nuevos deportes de alta velocidad, los atletas genéticamente modificados y la competitividad olímpica.
Para hacer referencia hay que remontarse al año 2007, en que se reveló al mundo la ciencia de las modificaciones genéticas en humanos como un experimento militar en Estados Unidos y Europa. Desde mediados de los años 90 alteraban el código genético de embriones humanos para desarrollar soldados muscularmente más fuertes, resistentes al dolor, la fatiga, y con capacidades regenerativas asombrosas. Sus primeros resultados eran entes monstruosos, similares a neandertales. Físicamente superiores, con la capacidad física de un gorila africano, pero también con su misma capacidad intelectual (los que nacimos antes del 2020 en que se extinguieron podemos recordar a los gorilas). Eventualmente y con el apoyo de drogas poderosas se estabilizó el ADN y los mega-hombres, como fueron llamados, se convirtieron en toda una nueva raza.
Para el año 2018 la IA (inteligencia artificial) dominaba el campo militar, de manera que ya no se necesitaban seres humanos para la guerra. Pero la superioridad física tuvo un nuevo campo donde hacer novedad... ¡los deportes!
Atletas capaces de correr cientos de kilómetros sin detenerse, lanzar jabalinas a 400 y 500 metros, ciclistas que desarrollaban velocidades de 200 y 300 kilómetros por hora.
Luego vino el desarrollo de nuevas tecnologías que aprovecharan las capacidades de los atletas. Calzado y trajes especiales, implementos deportivos avanzados, y aparecieron las "speed-bikes", o bicicletas de alta velocidad, hechas totalmente de aleaciones de titanio resistente y liviano, con menor resistencia al viento, sumamente aerodinámicas, con microprocesadores incorporados y cientos de sensores, que eran capaces de balancear micro-pesas para mantener el perfecto equilibrio, e incluso llegar a planear a unos 3cm del suelo bajo ciertas condiciones. En las más modernas, la rueda delantera era considerablemente más grande que la trasera, elaborada en una sola lámina de titanio, y estaba diseñada para alcanzar y soportar hasta diez mil RPM, eliminando la resistencia al aire.
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