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Era una tarde soleada en la casa de los González. Todo transcurría tranquilamente, los niños estaban en la casa, el señor González y su esposa estaba en el patio tomando un baño de sol, y todo estaba ordenando (hablando en todos los ámbitos).
El señor Histerio hablaba pausadamente con su esposa, a quien no veía desde la semana pasada, debido a viajes de negocios.
– ¿Qué tal te ha ido, querida?
–Perfectamente, mi amor. –Ayer llevé a los niños a la escuela; fui al trabajo, llamé a tu jefe como habíamos acordado y cuando llegué ordené la casa…
–Muy bien, querida. –Eso me satisface, y ya veo todo el bien que le hiciste a nuestra humilde morada de amor.
–Si, me esmeré mucho, amor. –La verdad estaba bastante sucia, pero con un poco de jabón y harapos, todo se puede hacer.
–Si, ya veo…
Entre charlas y risas, el señor Histerio se acercó a su mujer para darle un beso.
–No, querido, estamos tomando y no quiero impregnarte de mal olor…
–OH, vamos. –No seas tonta –dijo el señor Histerio repitiendo su acción.
–No, no, mi amor. –La verdad, me acabo de acordar que tengo que hacer algo allá atrás que no puede esperar, ya vuelvo...
La señora Gonzáles se levantó de su silla de bronceado y entró en la casa, mientras el señor Histerio le contemplaba el trasero. Se quedó solo mientras su mujer arreglaba un no sé qué, allá en el patio.
Había pasado bastante tiempo desde que no tenía nada con su mujer, y siempre se había preguntado por qué ésta no le decía nada. A decir verdad, sobre lo que él sabía de mujeres, era que no le gustaba el sexo tanto como a él. Quien a sus cincuenta y dos años todavía sentía esas ansias de acostarse con alguien, aunque claro, no como en su juventud, más sin embargo existían.
Su mujer volvió al rato, se sentó de nuevo en la silla de broceado que estaba al lado de la suya, y de nuevo comenzó la conversación que habían dejado.
– ¿Qué fuiste a arreglar allá atrás?
–Se me había olvidado tender algunas sabanas que dejé remojando.
– ¿Si? Pues… ¿La podemos utilizar para algo más intenso que solo cobijarnos del frío?
–Ay, por favor, Histerio. –No vayas a empezar con lo tuyo.
– ¿Con lo mío?, pero si nunca hacemos nada.
– ¿Cuánto tiempo tenemos sin hacer algo?, ¡mas de un año, querida!…
–Si, pero bueno, sabes que a mi no me gustan mucho esas cosas.
– ¿Por qué? ¿Es que la mujeres pierden el interés conforme los años, más rápido que el hombre?
La señora Gonzáles se quedó callada sin devolverle la mirada al señor Histerio.
–Sabes que las mujeres buscamos otras cosas además de eso.
–Si, eso dicen todas.
La señora Nuria, se levantó rápidamente de la silla y entró a la casa dando grandes zancadas.
– ¡Nuria! –fue lo único que alcanzó a gritar el señor Gonzáles, cuando su mujer tiró la puerta que daba al patio.
–Después pregunta por qué tengo a otras mujeres –se dijo el señor Histerio por lo bajo.
La tarde avanzó hacia la noche y el señor Histerio decidió entrar a su casa. Convencido de que por lo menos su mujer, ya no estaba furiosa con él.
Entró a su cuarto y lo encontró vació, no había señales de que su mujer hubiera pasado por ahí. Se acostó en la cama a boca arriba, y respiró profundo tratando de absorber la fertilidad de aquel ambiente. La verdad tenía mucho tiempo sin hacer nada con su mujer.
A él, claramente eso no le afectaba, pues desde hacia un año mataba sus ansias con cualquier aspirante que quisiera un puesto en su empresa. A decir verdad, no la necesitaba si de eso se trataba, pues era totalmente independiente. Lo único que le impedía pedirle el divorcio, y en lo único que dependía de ella, era esa seguridad y ese confort que solo ella sabía brindarle. Él sabía que en ningún sitio iba a encontrase con eso tan fácilmente. Nadie quería casarse con un viejo, feo y barrigón que tuviera ya dos hijos.
Ya hace bastante tiempo, la señora Nuria y él, solían grabar sus encuentros sexuales en cintas de video. Una idea que para el señor Gonzáles era fantástica. Todas esas veces que no podía tener nada con su esposa, podía disfrutar él solo sin molestarla, teniendo sexo con su mano. Aquellas veces habían sido bastante buenas, pero habían dejado de hacerlo cuando sus cuerpos ya no eran dignos de ser filmados, siempre pensó que su buen físico duraría hasta ya entrada la vejes, pero se equivocó.
Todo aquello le dio una clase de nostalgia mezclada con la excitación que sentía desde la tarde. Se paró y se le ocurrió buscar las películas para verlas nuevamente.
Fue hasta el closet y revisó el último cajón donde solían guardarlas. Halló todas las que buscaba, tenían un aspecto viejo, pero en general todas estaban bien conservabadas. Vio una que en particular, le llamó la atención por su apariencia nueva. Histerio concluyó que esa debió ser la última, pues parecía más nueva que las demás.
La tomó y la puso en el DVD que estaba sobre el televisor del cuarto. Fue hasta la puerta, le pasó seguro (sabía que lo que hacía era una locura), y se acostó en la cama para disfrutar mejor la escena.
Apareció en el televisor su mujer. Estaba en su cuarto, tenía una bata puesta y baliaba sensualmente para la cámara. Su mujer se fue quitando todo, hasta quedar solamente en pantaletas.
Lentamente se estrujaba los senos y se llevaba los dedos a la boca… Repentinamente del fondo de la habitación apareció un tipo musculoso, de piel morena totalmente desnudo.
El señor Histerio se levantó de golpe y se acercó al televisor. Subió el volumen para escuchar mejor y observar aquella escena.
El tipo moreno se abalanzó hacia su mujer, haciendo que los dos cayeran en la cama. Lentamente el tipo moreno acariciaba las piernas de la señora Nuria y levantó una, para acomodarse mejor entre las dos piernas.
Aquel tipo comenzó por hacer movimientos de vaivén, a medida que la señora Nuria tomaba sus hombros y gritaba su nombre.
– ¡Víctor! –decía ahogadamente.
Solo se podía visualizar el trasero de aquel joven, yendo y viniendo en una danza interminable, y las piernas de la señora Nuria empujando y aferrando sus caderas.
Lentamente sonó la puerta y la señora Nuria entró en la habitación.
–Histerio… ¿No vas a…? –oyó el ruido del televisor, y vio lo que su marido observaba.
El señor Gonzáles volteó hacia su mujer y le preguntó alternamente.
– ¿Qué es… eso?
–Lo siento, yo… disculpa es que… no quise… –decía la señora Nuria mientras retrocedía hacia la puerta de la habitación.
Lentamente el señor Histerio se acercó más y más al closet, y en un movimiento brusco, se acercó al penúltimo cajón.
–Ahora si te mato…, Nuria. –dijo el señor Histerio sacando un pistola nueve milímetros parabellum.
La señora Nuria cerró la puerta del cuarto detrás de ella y salió corriendo hacia el patio apresuradamente. El señor Gonzáles, la vio salir y la siguió hasta allí.
–No debiste… –dijo el señor Histerio acercándose a la señora Nuria, que estaba contra un árbol en el patio.
–Perdóname… Perdóname de verdad. –Yo no quise…
El señor Histerio se acercó a la señora Nuria y puso la punta del arma en su frente.
–No debiste hacerlo… No debiste hacerlo… –repetía el señor Histerio en lágrimas.
La señora Nuria bajó la cara, también empapada en llanto, y dijo algo inaudible por lo bajo.
– ¡¿Qué dices?! –preguntó el señor Histerio.
– ¡Hazlo! ¡Si lo va a hacer, hazlo de una vez! –gritó la señora Gonzáles.
El señor Histerio se quedó mirando a su mujer, sorprendido por la clase de resignación que ésta mostraba. La miró a la cara y lentamente bajó el arma.
–No puedo. –No puedo matarte...
La señora Nuria alzó la vista de inmediato y observó como su esposo se abstraía de aquella escena, y bajaba el arma lentamente.
–Histerio… yo no quise hacerte esto. –Perdóname, perdóname en serio, no quise hacerlo.
– ¡No sigas hablando por favor! –gritó el señor Histerio.
–OK, está bien…
El señor Histerio continuaba alejándose de la señora Nuria, mientras esta deseaba fervientemente que éste le diera camino para salir corriendo hasta la casa, en caso de un repentino arrepentimiento.
El señor Histerio se dio la vuelta y la señora Nuria quiso aprovechar ese momento para correr hacia el interior de la casa. Éste se le cayó el arma, y pareció agacharse para recogerla y fue en eso momento en que la señora Nuria se echó a correr.
Recorrió todo el patio hasta casi llegar a la puerta que conectaba con el interior de la casa. Cuando fue a abrirla, se oyó una detonación y la señora Nuria sintió un inmenso frío recorrerla la espalda, luego todo se apagó.
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