|
Le escribió una nota diciéndole que nunca más volvería a saber de ella. En su última correspondencia, apenas le contaba que estaba trabajando en una corresponsal extranjera y que estaba contenta. El no respondió a la misiva, absorto por completo en sus escritos, los que le hacían perder la noción del tiempo. Tres semanas después apareció esa carta de despedida, con cierta desazón para el recuerdo que aún persistía en ambos. El no estaba acostumbrado a lidiar con sentimientos tan profundos y contrastantes.
Recordó con felicidad los momentos que pasaron juntos y decidió que era mejor para ambos dejarla ir, sin mayor premura que los recuerdos agradables encapsulados en un lugar muy cercano a su corazón. Su vida en ese momento giraba alrededor de sus creaciones literarias y de algunos encuentros fortuitos con mujeres casuales, que formaban parte únicamente de una rutina sin sentido.
Después de prepararse un jugo de naranja, al terminar su desayuno, encendió el televisor en busca de las noticias. Recordó dejar abierta la puerta del refrigerador por lo que se levantó a cerrarla. Regresó casi a tropezones a la sala, frente a la televisión. Agarró torpemente el control remoto y dio volumen a la noticia que anunciaban en el momento. Un avión comercial con 85 pasajeros y tripulantes habían sido tomados como rehenes por un grupo de terroristas. El vuelo con destino a Barcelona había sido desviado hacia el oriente con rumbo desconocido.
El contenido de la carta pasó rápidamente por su cabeza. Un sudor frío comenzó a correr por sus entrañas. Esa era la fecha y lugar de destino que le mencionaba Miriam en su carta. ¿Habría sido el vuelo 763, secuestrado esa misma mañana, donde se conducía ella?, ¿A quién podría preguntar en qué avión se conducía su es novia?, ¿Habría aplazado el vuelo? Salió en búsqueda de su agenda telefónica dispuesto a marcarle a Alicia, hermana de Miriam, cuando recordó que ella ya se había mudado de la casa hacía ya un par de meses. Dudó por unos segundos si llamar y enfrentarse a la figura de su ex suegro. No habían quedado en la mejor de las condiciones. Decidió mejor ir directamente a su casa.
Miles de cosas cruzaban por su mente. Aquella extraña despedida y aquel coincidente vuelo secuestrado. ¿Qué podría tener que ver una cosa con la otra? Era ridículo pensar en algún paralelismo. Seguramente, la encontraría aún en la mesa del comedor, viendo las noticias con el papá, como acostumbraban a hacer todas las mañanas, se confortó. Cuando llegó al lugar, no encontró el automóvil del señor aparcado frente a la cochera. Después de un par de segundos, se acercó a tocar el timbre, en espera de alguna respuesta. Su única contestación fueron los ladridos escandalosos de los perros. Esos mismos animales que en su oportunidad le ladraban cuando se levantaba de la sala con rumbo hacia la cocina. Vaya que resultaban verdaderamente latosos.
Por debajo de la puerta, asomaba a penas un papel que mostraba en su parte superior, el nombre de Alicia. Estremecido por una sensación indescriptible, se agachó para tomarlo. Alcanzó a descifrar su contenido, cuya letra presurosa y desanimada, hacía más difícil la labor: “Ya regreso, voy a dejar a tu hermana al aeropuerto”...
|