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DOG-MATISMO
 

Título: El verdugo
Estilo: Aventuras
 
 
Introducción
 

Autor: kalessin


Ana, aún envuelta en el camisón, bajó desde el dormitorio.

Al pie de la escalera, se contempló en el espejo: el pelo desordenado le daba una apariencia salvaje; se sonrió.

Oyó a Raúl en el estudio; entró al estudio y lo vio. Mordía un cigarrillo y martillaba las teclas con fuerza. En su cara se mezclaban los reflejos azulados del monitor.
Descalza sobre la alfombra, se acercó a él.
—Buen día, madrugador —dijo, besándolo en el cuello.
—Hummm. Hola dormilona —Raúl torció la cabeza, tratando de esquivar las cosquillas.
—No te oí al levantarte.
—Claro que no, roncabas a pierna suelta. Debían ser las cuatro de la mañana.
—¿Las cuatro? Si mal no recuerdo —Ana fingió especular— tuve un marido que se despertaba a esa hora con fines menos literarios.

Ambos rieron.
El golpeteo se interrumpió por unos segundos, luego recomenzó a más velocidad.
—¿Desayunaste? —continuó Ana. Dejó de besarlo para acariciarle pelo corto— Voy a preparar café con tostadas.
—No, no tuve tiempo —Raúl la miró a los ojos— pero si agregas jugo de naranja a la oferta, puede haber recompensas… de media mañana.
—¡Naranjas, a mí! —gritó Ana, ya dirigiéndose hacia la puerta de la cocina.
—¡Ana! —a sus espaldas, la voz estrangulada de Raúl detuvo sus pasos.
—¿Sí?
Giró para verlo.
—Estás muy linda, amor —dijo—, muy linda.
Después de cinco años de convivencia, Raúl aún lograba ruborizarla. No necesitaba decir nada especial. Bastaba con un comentario al pasar, una mirada, un guiño cómplice.

Ana llegó a la cocina flotando entre nubes de colores. Sintió que la sonrisa no le cabía en la cara y se le extendía por la piel.
Tarareando, exprimió la fruta. El aroma de las tostadas y el café inundaron la estancia. Sacó un frasco de mermelada de ciruela, manteca, leche. El tintineo de las tazas le sonaba a música.
Mientras acomodaba todo en una bandeja enorme, evocó el camino recorrido.
El amor temprano. Las publicaciones de Raúl. ¡El primer libro por el que le pagaron! Sus propias poesías, ya con varias reimpresiones. El departamentito del comienzo. Los sueños. Los logros académicos y personales.
Tal vez fuera tiempo de pensar en los hijos. Habían demorado el momento. Era hora de volver sobre el tema.

Maniobró de espaldas. Sosteniendo la bandeja, empujó la puerta con las nalgasy luego giró hacia la sala.

Fue entonces cuando lo vio.

La boca de Ana formó una “O” muda. Los dedos se le aflojaron: tazas, platos y cafetera, estallaron contra el piso.

Frente a ella, un hombre la miraba con fijeza. La cara toda ángulos y escarpaduras. Usaba anteojos con marco de metal, y traje oscuro.

La automática niquelada era una extensión de su mano.

Ojos muertos, pensó Ana, todavía sobresaltatada. Sus ojos están muertos.
Raúl irrumpió en la sala.
—¡Qué es esto! —alcanzó a decir.
—Silencio —el desconocido tenía voz agradable, de barítono. No parecía pertenecer a ese cuerpo de luchador.
—¿Quién es usted? —Raúl abría y cerraba las manos, como si fuera a estrujar al intruso.
—Tomen asiento, por favor —agregó el hombre. Señaló el sofá de cuero con la mano libre—. Y no se alteren ni griten. Las consecuencias… ya comprenden.

Parecía desagradarle la idea de ejercer violencia. Sin embargo la destilaba por todos los poros.

Se lo descubría como un matón, un asesino profesional...

 
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