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Son las 8 de la mañana, coges el tren dirección el trabajo como cualquier otra mañana.
En la siguiente parada se sube una persona en la que te fijas sin saber porque. Empiezas a mirar de forma disimulada y compruebas que este disimulo es de forma reciproca. Los disimulos se dan entre alguna mirada sostenida.
Entre una cosa y otra pasan las estaciones hasta que llega la tuya. Coges la bolsa y te diriges a la puerta. Ves que la otra persona continúa sentada sin quitarte el ojo de encima, utilizando las ventanillas como espejos.
Son tus últimos segundos para poderte lanzar y decir algo y piensas ¿qué hago? ¿cómo actúo? ¿voy? ¿me quedo? ¿le doy mi teléfono? ¿me dará una torta? ¿me lanzo? ¿me lanzo? ¿me lanzo? va… voy a ser valiente… me voy a lanzar… Pulsas el botón verde, se abre la puerta y te bajas del tren. Te quedas parado, se cierran las puertas, te giras y cruzas la última mirada. En ese momento te estiras de los pelos. Ya es tarde… no volverás a ver a esa persona nunca más…
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